miércoles, 19 de septiembre de 2012

Clases de música. Parte I

Orquesta era a veces muy deprimente. Otras divertida. Y otros días ni lo uno no lo otro. Hoy era un día normal: Ni bueno ni malo, siplemente había que tocar las notas escritas en una pieza mientras Celeste, la profesora, dirigía. Y bueno, gritaba a Yaiza, una de las flautas del grupo.
-¡Tienes que coger más ritmo Yaiza, no puedes quedarte atrás! -le exigía Celeste. La pobre Yaiza hacía lo que podía, pero claro, con todo el estrés acumulado de las clases, estaba agotada. Segundo de Bachiller era duro.
Hugo observaba aburrido cómo las flautas tocaban la pieza. Las cuerdas siempre tocaban en primer lugar, y como Yaiza siempre la cagaba en algún momento de la obra, había como un cuarto de hora de descanso para las cuerdas y el resto de los vientos. 
-No entiendo como no puede tocar eso -susurró una voz a su derecha.
Hugo giró la cabeza. A su lado, como siempre, estaba Mérida, apoyando los codos en sus piernas al decubierto y la cabeza apoyada en sus manos. Adorable, como siempre. Le gustaba mucho esa chica. Aunque, claro, ella no tocaba ningún instrumento, simplemente cantaba. Y este año le tocaba la Habanera de Carmen. Pobre, debería estar pasando un infierno. Sonrió ante la idea.
Hugo sonrió a su lado. El chico era muy extraño. Tocaba el violín de maravilla y la verdad, parecía un virtuoso, pero siempre estaba en su mundo. Y su apariencia también era muy extraña: Pelo rubio blanco, ojos grises, muy pálido y alto y desgarbado.. Había conocido a su hermana pequeña, Sara, y era idéntica a él. Tal vez su familia fuera nórdica. No entendía cómo Celeste nunca le llamaba la atención. Sería por lo bien que tocaba.
-Bien, es un progreso -dijo Celeste mientras sonreía a Yaiza. Lo bueno de la profesora era que si hacías bien lo que te decía, te sonreía-. Desde arriba. Luego te añadiremos Mérida.
Hugo oyó cómo cómo Mérida susurraba un molesto "gracias". La idea de encasquetarla a Orquesta no fue suya, sino de la profesora de canto. Y claro, a ella no le había hecho mucha gracia. No siempre se gana. 
Hugo se colocó el violín bajo la barbilla, colocó los dedos en la primera nota de la obra, y puso el arco sobre las cuerdas de su violín. Esperó a que Celeste les diera la entrada y empezó a mover el arco a cada nota quedaba, mientras su dedos se movían por las cuerdas del violín.
Mérida observó a a Celeste,que daba un golpe en el suelo con sus tacones, marcando el tempo de la obra. Era una mujer de carácter duro, pero muy guapa: De piel morena, con unos ojos pardos muy parecidos a los de un gato, con su melena castaña siempre rizada a la perfección y su cara ovalada, sin ninguna imperfección en ella. Sonreía mucho, pero perdía la paciencia muy rápido, algo que nadie agradecía, sobre todo Yaiza.
Y fin de las notas.
Silencio por un segundo. Y luego...
-¡Por fin! -exclama contenta Celeste-. Perfecto, ha sido maravilloso. Lo has hecho bien Yaiza, has estado increíble.
La chica esbozó una débil sonrisa.
-Desde arriba, esa vez entras tú -Celeste le hizo un gesto a Mérida, que se recolocó las gafas y el gorro de los Angry Birds-. Y un, dos, tres y.
Las notas del Cello, graves y profundas, y tras de ellas, entraba Mérida.
Tenía una voz pura, clara, limpia y fina, como el agua de un arroyo o el cristal. Aunque fuera ópera, seguro que "I Feel Pretty" de West Side Story le saldría genial.
-¡Hugo!
Hugo volvió a la realidad. Ups, soñando con la voz de Mérida, se había olvidado de tocar.
-¡¿Por qué narices te has parado, me lo puedes explicar?!
Mérida miró al chico, como hacía todo el mundo en la orquesta ahora. Hugo miraba a Celeste con miedo, mientras tartamudeaba una respuesta. Bueno, pensó Mérida esbozando una ligera sonrisa, la case se ponía interesante.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

All Together Now

La música de iPod había cambiado. Ahora sonaban de nuevo los Beatles, pero era su All Together Now. Todos juntos ahora. 
En esos mismos momentos estaban todos juntos, incluso Juan, anque le costaba tragarlo. No le hacía ninguna gracia que se hubiera integrado en el grupo. Y todo porque Amanda y él hablaban siempre de los mismo temas superficiales. Hablaban sobre todo de música. Ójala estuviera aquí Alejandro. Con él podía hablar de lo que fuera. A excepción de música. Qué ironía.
Marcus y Clara estaban en un ricón, ajenos a lo que pasaba en la mente de Mérida y a la conversación de Juan y Amanda. Volvían a estar abrazados, Marcus con las manos en los bolsillos traseros del pantalón de Clara y ella aferraba al chico por la cintura.
-¿Sabes qué? -le preguntó el chico al oído.
-No -contestó Clara sonriendo. Estaba tan cerca de él que podía escuchar los latidos de su corazón. Sonrió al ver que se aceleraban.
-Me... -hizo una pausa. Clara se quedó mirándolo a los ojos, esos ojos color ámbar que casi parecían dorados. Junto con el pelo castaño, despuntado y despeinado, no había nada que se le pareciera más a un lobo que él.
-¿Sí?
-Me estás clavando las uñas.
Clara solto una risita.
-Perdón
Marcus le sonrió.
-Perdonada -y se inclinó para besarla.
A Clara le sorprendió el movimiento del chico. Nunca la solía besar cuando estaban tan cerca de su hermano. Él decía que no le hacía gracia que su hermana se estuviera morreando por ahí, pero Clara sospechaba que era porque no le gustaba que su hermana hubiera conseguido novio antes que él novia.
Juan vio como Marcus se inclinaba a besar a su hermana. Normalmente intenvendría, dicíendole a Marcus que dejara a su hermana, pero se enfadarían con él, y no iría con ellos al cine, y tampoco con Mérida. Tocaba semana de tolerancia.
-Juan.
El chico se giró. Amanda lemiraba con una sonrisa en los labios. Amanda era sexy, guapa, escalofriante. Todo lo ue a un tío le gustaría encontrar en una chica. Pero a él no le gustaba.
-¿Si? -preguntó el chico, mirándola a los ojos verdes esmeralda que la chica tenía. No se atrevía a mirarla ni un segundo al escote. 
-Sé que te molesta -dijo sonriendo-, pero debes aceptarlo: Están juntos, y lo han estado antes que tú con... quienquiera que sea la chica especial.
-Lo he aceptado -contestó Juan-. Sólo que no me acostumbro a ver a mi hermana con alguien. Para mí siempre será la niña de las dos colestas, el vestido azul y los zapatitos blancos que cantaba She's A Rainbow todos los días.
Amanda sonrió. Aunque Juan fuera el chico desastre de siempre, quería a su hermana por encima de todo.
-Y ¿al final que peli vemos? -le reguntó la chica.
Mérida seguí en su mundo, viendo cómo las escaleras se convertían en cascadas poco a poco, crecían enredaderas en las barandillas, que ahora eran de mármol. Por la ventana ya no veía el patio, con los de bachillerato persiguiendo un balon de fútbol, sino a unos caballeros, sobre un prado verde, batiéndose en un duelo amistoso. Y por las escaleras que tenía enfrente... Apareció un caballero de pelo negro y ojos marrones caoba, de piel morena y una sonrisa en la cara. Todo lo que se había imaginado desapareció y Mérida sólo vio a su mejor amigo subieno las escaleras.
-Por fin -se dijo a si misma sonriendo.
Se levantó del banco y corrió a abrazar a su amigo.
-No ha habido conversación ¿verdad? -le dijo Alejandro sonriendo.
-Afirmativo a ciento por ciento.
El chico sonrió. Lo que más le gustaba de Mérida era la extraña forma de expresarse que ella tenía.
-Te has enterado ¿no? -le dijo la chica a su amigo.
-Sorprémdeme.
-Lady Gaga va a sacar un nuevo disco -le pasó a su amigo un artículo de internet en el que se confirmaba que la Mother Monster sacaba un nuevo álbum. En el artículo salía una gran foto de Lady Gaga, un momento del vídeo favorito de los dos, Yoü and I.
-Me pido comprármelo, ¿vale?
Alejandro asintió, sonriendo. Mérida era la mejor amiga que tenía. Y nada podría hacerlo cambiar.
Mérida vio sonreir a Alejandro. Sabía que le había gustado el detalle del artículo (como ella, era un gran fan de Lady Gaga. Era la única cosa musical en la que coincidían), y que seguiría siendo su amigo para siempre. Miró a su alrededor. Marcus volvía a besar a Clara, que sonreía abiertamente, Amanda y Juan hablaban de el último "F***k Me I'm Famous" de David Guetta y sobre ir alguna vez al Pacha.
Sí, ese era el grupo de amigos (a excepción de Juan) que siempre querrá tener en cuenta. Se giró y volvió a hablar con Alejandro de Gaga, con The Beatles de fondo. All Together Now. Ahora, todos juntos.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Secretos

Alejandro miró el reloj. Joder, si al final lo iba a conseguir el muy cabrón. Tres, dos, uno. Bip.
-Muy bien, tu ganas -dijo molesto mientras sacaba la cartera.
Juan soltó todo el aire se sus pulmones. Que era poco. Había aguantado la respiración durante dos minutos, y había ganado diez euros. A lo mejor se lo podía gastar en algún detalle para Mérida o algo así... Ya pensaría. 
-Apoquina tío -dijo sonriente mientras le tendía la mano a Alejandro. Debería haber apostado más, pero el chico se habría olido que podía aguantar y habría cocelado la apuesta.
-No volveré a apostar contigo -mustió Alejandro-. Sólo te falta meterte el puño en la boca y ya tienes el cupo completo de rarezas.
Juan sonrió mientras abría la boca y se metía la mano al completo dentro de su boca.
-Puaj -Alejandro le cogió de la muñeca y le sacó el puño de la boca-. Rectifico: Tienes el cupo completo de rarezas.
Juan sonrió satisfecho. El día no podía empezar mejor: Había ganado diez euros e iba a ir a cine con Mérida. Cada vez que escuchaba su nombre le recorría un escalofrío. Mérida... Sonaba como el nombre de un viento, parecido a Céfiro. Muy místico y griego. Le encantaba todo en ella :Su pelo largo, castaño, con ligeros rizos en las puntas, el flequillo que no hacía más que apartarse de la cara, las gafas, vintage, enormes, como un marco negro que encerraba la obra de arte que eran sus ojos, marrones por fuera y verdes por dentro, su sonrisa, su sentido del humor, su excéntrico estilo, sus gustos, cómo hablaba, el liderazgo que tenía en el grupo... 
-¡Juan! 
Pegó un bote en el escalón de la entrada. Mierda, de nuevo la ensoñación.
-¿Si? -mustió soriente.
-Decía -empezó el chico de nuevo, mirando sorprendido a su amigo-, qué que peli prefieres. Las chicas quieren ir a ver Brave. Marcus y yo preferimos Ted.
-¿Brave? -preguntó Juan entre risas-. ¿La protagonista no se llama...?
-Mérida, exacto. Pero no se parece nada a la nuestra -hizo una pausa para mirar el reloj. Dos minutos y serían y cuarto-. ¿Qué dices?
-Mérida tiene derecho a ver a su tocaya en acción ¿no? -y dicho esto, se colgó la mochila al hombro y con una sonrisita en la cara se dirigió al interior.
-¡No me jodas tío! -exclamó Alejandro mientras seguí a su amigo-. ¿Brave? ¿Porque tú estes colado por Mérida tienes que apoyarla en todo lo que dice?
Juan le dirigió una mirad alarmada y le tapó la boca.
-¿Qué haces? -le dijo enfadado entre dientes-. Tenemos un trato: Tu no dices que me gusta Mérida y yo guardo tu secreto, ¿recuerdas?
Alejando se quitó la mano de Juan de la boca y asintió lentamente.
-Bien -se recolocó la camisa y se dirigió arriba. Allí estarían Amanda y Mérida, y tal vez Marcus y Clara, si es que habían parado de morrearse en el baño.
Alejandro vio a su amigo alejarse. La próxima vez tendría que anderse con suidado si no quwería que su secreto saliera a la luz.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Parejas


Los labios de Clara eran suaves, dulces y delicados. Muy femeninos. Y eso era lo que le gustaba de ella, que era femenina. Hombre, Amanda también lo era, pero lo suyo era un estilo más seductor y Mérida... Mérida era Mérida. Especial en todos los sentidos. Era como una hermana para ella.Y él para ella era un hermano. Jamás la vería como una pareja, aunque muchos pensaban que eran novios por el mucho tiempo que pasaban juntos, gracias al equipo de salvamento. Incluso Clara llegó a estar celosa de ella, pero Mérida consiguió convencerla de que no había nada entre ellos dos. Ahora Clara era su mundo. Bajó despacio una de las manos que tenía en la espalda de su novia y le levantó ligeramente la camiseta para acariciarle la espalada.
Clara se estremeció al contacto de la mano de su novio en la piel. Sentía las manos de Marcus en la espalda, una le acariciaba el pelo y otra... Bueno, otra juegeteaba con la parte superior de su culotte. Entre beso y beso sonrió. ¿Quién lo iba a pensar? El tío bueno de clase, con ella. ¡Ella! La chica de la risa tonta, el pecho plano y pinta de niña pequeña. Pero se ve que los milagros existían. A ella Marcus le había gustado desde el principio de curso. Del año pasado, en tercero. Mérida lo presentó al grupo. Pensó al principio que era su novio, pero en realidad era su mejor amigo. Les había hablado de él alguna vez, pero ella no se esperaba que estuviera TAN bueno. Y lo mejor de todo, él fue quién le pidió salir a ella y no al revés. Era algo mágico y muy especial.

Marcus la cogió por los muslos y la sentó en los lavabos. Clara se sorprendió ante el movimiento de su novio, pero le sonrió con una mirada seductora.
-Hoy estás lanzado -comentó entre beso y beso.
-¿Por qué será? -pregunto con una sonrisa antes de besarla en el cuello.
Clara gimió de placer. Marcus la hacía sentir especial y todo eso, pero en estos momentos, de pasión, lujuria y descontrol, no podía dejar de pensar en lo mismo: Marcus era suyo, y nadie se lo podía quitar.
Clara le levantó la camiseta y acarició con la punta de los dedos los perfectos abdominales esculpidos en su torso. Marcus se estremeció de placer y la volvió a besar, esta vez con pasión, levantándole la camiseta, dejando ver un sujetador blanco de la talla noventa. Clara se alarmó al ver que su chico se quedaba petrificado. Ya le había comentado un par de veces que tenía una talla pequeña, pero él le haba dicho que no le importaba. Ella ya estaba esprando la estúpida reacción de "no tienes mucho", pero en vez de eso, Marcus se inclinó y la besó entre los pechos. Clara sintió que el placer se apoderaba de ella a cada beso que el chico le daba, desde el escote hasta el abdomen. ¿Cómo era posible que un chico la hiciera sentir así de especial?
-Me encantas pequeña -le dijo al oído.
Sin saber qué hacer o qué decir, Clara se quedó pasamada mientras Marcus le besaba en el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja, que se lo mordisqueó suavemente, haciendo que a Clara se le escapara otro gemido. Ella salió de su congelación, y le besó de nuevo en los labios, aferrándose a él con las piernas alrededor de su torso, disfrutando de ese sabor tan indefinido que él tenía. Se dispuso a arrancarle la camiseta al chico, pero su móvil sonó con el tema de The Beatles, Lucy InThe Sky With Diamonds, la canción que le había puesto al número de Mérida
Marcus separó sus labios de los de Clara, molesto. Ella también resopló, enfadada. Los chicos sabían que las mañanas eran de Marcus y de ella, y les había dejado bien claro que no les llamaran.
-¿Qué querrá ahora? -murmuró enfadada Clara. Mérida era su mejor amiga, pero en estos momentos no estaba para conversaciones. Para unos minutos que tenía con Marcus...
Miró el móvil, y vio que no era una llamada, sino un mensaje. Lo leyó dos veces para estar segura y le dirigió una mirada alarmada a Marcus.
-¿Qué? -preguntó preocupado el chico.
-¡Viene alguien! -exclamó alarmada.
Clara y él se bajaron su respectivas camisetas y se escondieron en el último cubículo, en el que se leía en la puerta "FUERA DE SERVICIO".
Clara puso el móvil en silencio y le mandó un WhatsApp a Mérida.
'¿Empleada o Alumno?'
'Un tío, Antonio, el hermano del novio de Sandra'
Clara suspiró tranquila. Pero luego se mosqueó. Habían interrumpido su momento especial, como Marcus lo llamaba, por una tontería. ¡Estaban en el lavabo de tías!
-¿Qué dice? -preguntó Marcus en voz baja, temiendo que los pillaran.
-Es un tío -contestó Clara molesta.
Marcus soltó un taco.
-Lo sé cariño, pero creo que deberíamos subir, ya casi son y cuarto y ya sabes lo que pasa.
A y cuarto llegaba el bus, y el baño se llenaría de adolescentes pijas de primero que para lo único que usaban el lavabo era para maquillarse.
Salieron del cubículo. Marcus se colgó su mochila al hombro y se apoyó en la puerta mientras Clara cogía del bolsillo pequeño de su bolsa un cepillo de madera y se lo pasó por su pelo rubio cobrizo.
Marcus se quedó mirándola. Cuando se peinaba el pelo veía una concentración en ella inhumana, pero le gustaba. Le encantaba acariciarle la melena de pelo liso y fino que tenía. La miró de arriba a abajo. Llevaba, como siempre, ropa sencilla pero que a ella le quedaba bien: Una camiseta blanca con un rótulo verde en el que se leía "Vive Le Printemps", unas manoletinas del mismo color que el rótulo y unos vaqueros largos. Esos vaqueros le sentaban tan bien... Le hacían un culo estupendo. Había mejorado mucho en un año.
Clara se estiró la camiseta y guardó el cepillo en el neceser. Se agachó para coger la mochila y sintió dos manos en su trasero.
-Joder, si que tienes ganas hoy -dijo mientras sonreía. Cogió el asa de su mochila negra y se dio la vuelta para darle un beso en los labios. 
Marcus sintió el dulce sabor de Clara en sus labios. La pegó aun más a él, agarrándola por su perfecto culo. Dios, le encantaba esa chica. Era perfecta en todos y cada uno de los aspecto. Y dijera ella lo que dijera, le importaba un bledo el pecho que tuviera. Para él era perfecta.

Cine


Mérida  miró los pies de Amanda, que llevaban, no unas Converse como ella, sino unos preciosos botines marrones, que hacían juego con el top de escote cruzado. Y lo que faltaba, jeggins negros con unas cadenas doradas y una torera de color negro. Estaba despampanante. Y muy sexy.

Siguió dibujando. O trató de ello. Amanda empezó a parlotear sobre temas estúpidos y sin sentido: rebajas, quedar para ir al cine, las nuevas camisetas, todo lo que se había comprado en Bershka en otro día... Cosas que a Mérida le daba igual, le resbalaba. Pero Amanda era su amiga, y tenía que fingir al menos que lo que decía le importaba algo. Se quitó unos de los cascos, en los que sonaba Another One Bites The Dust, de Queen y guardaba el cuaderno en su mochila. Amanda vio el gesto y sonrió.
-¿Hay planes para el fin de semana? -le preguntó Mérida.
-El viernes no, porque tienes Orquesta, pero he hablado con Alejando y Cher y dicen que el sábado estrenan la de Brave y dicen que si sacamos las entradas a tiempo, podemos ir todos. El sábado la enana se queda adormir en casa de Olga y mis padres tienen cena, pero Cher me lleva al cine y me recoge. 
-Perfecto, el sábado a Marcus y a mí nos han cancelado el entrenamiento de Salvamento y sólo tenemos que ir al de Natación él y al de Sincro yo, así que le llevaré yo al cine -dijo Mérida-. No hay ningún problema.
-Bueeeeno -mustió Amanda-. Hay un pequeño problema.
-Cual -no era una pregunta, y casi sonó como una amenaza. Aunque podía ser cualquier cosa, ya empezaba a sospechar qué era.
-Viene Juan.
Mérida soltó un taco. No soportaba a ese chico, era un pesado. Pero era el hermano de Clara, y tendría que soportarlo, lo quisiera o no.
-Como me hagáis la putada de la otra vez le diré a mi madre que me cambie al Pereda.
Los amigos de Mérida tenían la estúpida teoría de que Juan iba por ella, sobre todo Clara, y una vez que fueron al cine, les obligaron a sentarse uno al lado del otro. Lo malo era que como la peli era la última de Harry Potter, estuvieron haciéndole preguntas a Mérida todo el rato, así que el tiro les salió por la culata.
-Prometido -dijo Amanda levantando una mano.
-Por cierto -preguntó Mérida con una sonrisa-, ¿dónde están Marcus y Clara?

Angry Birds


Los Angry Birds es algo con lo que no podría vivir. Son como algo que te ayuda a soltar estrés, como dice su prima Elena. Como las bolitas de plástico que salen en las series americanas que la protagonista acaba lanzándole al ex-novio celoso de la nueva vida que tiene. Lo que tiene la MTV. 

En esos momentos, se encontraba, no jugando a los Angry Birds, pero si rodeada de ellos: pantalones cortos vaqueros con tres chapas (una con un cerdo verde, otra con unos huevos dentro de una sartén y la última con el Angry Bird negro), una camiseta blanca con el Bird rojo y un gorro que le cubría la parte superior del flequillo con el nombre del juego, rodeado de todos los pájaros y los cerdos del juego. Su mochila tenía colgando de una cremallera unas chapitas en las que estaban dibujados todos los Birds, incluido el rosa y los cerdos disfrazados de los componentes de Green Day. En sus rodillas tenía su cuaderno de dibujo, en el que trazaba con cuidado la imagen que introducía al afamado juego de Rovio Inc. Los cerdos verdes asustados, tratando de llevarse los huevos, el Bird negro a la izquierda, el amarillo a la izquierda y el rojo en el medio, como si fuera a atestarle un golpe al jugador. Ella se sentía como el Angry Bird rojo: inútil a la hora de contar cualidades, pero el líder en cualquier ocasión, y siempre al mando de su grupo. 
Se miró a los pies. De las desgastadas y desechas Converse rojas y negras salían unos calcetines hasta la rodilla blancos y rojos a rayas. Era lo bueno de ser excéntrica, podías vestir como quisieras y te seguirían llamando eso, excéntrica. 
Siguió dibujando con rapidez al ritmo de The Ting Tings. Tal y como le había enseñado su padre cuando era una enana. "Mérida" le dijo "no se puede retratar la perfección. Pero puedes tratar de hacerlo. Recuerda, trazos seguros y cortos, pero sin crear una chapuza". Y ahora era la que  mejor dibujaba de su clase y de todo el instituto.  La profesora de Arte estaba encanta con ella.
De repente, sintió unos toquecitos en el hombro  derecho. Pegó un bote y tiró al  suelo el cuaderno, se le cayeron los cascos y las gafas se quedaron a tres centímetros de caérselas de la nariz.
-¿En qué no piensas cada vez que me pegas un susto Amanda? -preguntó Mérida. La chica fue a responderla, pero Mérida levantó un dedo mientras se agachaba para coger el cuaderno-. Exacto, en mis gafas.
-Lo siento -se disculpó su amiga colocando las manos en posición de disculpa-. Pero es que estabas a huevo. En tu mundo, dibujando, escuchando a ¿quién? -preguntó mientras se colocaba un casco en a oreja. The Ting Tings habían desaparecido, sustituidos por The Beatles con su Ticket To Ride-. Dios Mérida, ¿en serio? ¿Los Beatles? 
Mérida no contestó. Sabía que perdería la discusión en cuanto el resto de sus amigos. Había tratado por todos los medios posibles que a sus amigos les gustaran los Beatles o al menos Arcade Fire, que eran más moderno. Pero no había manera. Ni si quiera Alejandro le había dado la razón en este tema, sólo Marcus, pero porque a él le gustaba Muse.
-Me siguen gustando -contestó la chica a su amiga con dureza. Una dureza que su amiga se la tomó a broma.
-¡Lo sé! -exclamó mientras la abrazaba.
"Y eso es algo que me encanta de ti"dijo una vocecilla en su cabeza. Su amiga repitió las palabras